César Arenas

  / jueves 7 de febrero de 2019

Detonar la energía del voluntariado

Morelos tiene muchos ejemplos positivos de lo que el voluntariado puede alcanzar en términos de transformación social. Su fuerza existe y se expresa permanentemente, ya sea bajo prácticas formales o informales; o surgiendo desde el sector público, privado o social, pero siempre encontramos en su núcleo la creación de relaciones y trascendencia social en las comunidades donde apoya a solucionar problemas o necesidades.

El reto es hacer transitar los servicios del voluntariado del corto al largo plazo, es decir, pasar de una estrategia para salir de la crisis, a un recurso estratégico para prevenir y adaptarse a riesgos (Informe sobre el estado del voluntariado en el mundo 2018, ONU). Para lograrlo, de acuerdo con la experiencia internacional, resulta necesaria la colaboración externa de forma estructurada y continua de las autoridades, de las organizaciones internacionales o de cualquier otro actor publico o privado externo en la auto-organización de la comunidades.

Con esta idea, el Sistema DIF es uno de los ejemplos más cercanos sobre la intención de dirigir y sostener en el tiempo el poder del voluntariado. Sin embargo, hubo otros buenos ejemplos en el pasado inmediato: el exprograma beca-salario; la extinta estrategia Cruzada contra el hambre y el sismo del 19 de septiembre de 2017.

El estos casos, el voluntariado buscó generar cambios desde la base al empoderar a las comunidades y con ello, transformar las condiciones sociales de grupos marginados o vulnerables (y por lo tanto, prioritarios), pero partiendo de sus propias necesidades. En muchas comunidades se pusieron en marcha distintas actividades para resolver problemas locales. El voluntariado no puede sustituir la responsabilidad del gobierno ni cubrir las necesidades básicas en el largo plazo. No obstante, se aprovechó su fuerza y alcances para generar distintos procesos sociales.

Recientemente, con los nuevos objetivos de la 4T, parece que AMLO también ha encontrado un lugar relevante para el voluntariado al confiarles el levantamiento de los censos de los programas sociales (que deberán estar concluidos en febrero). Sin embargo, el voluntariado no es lo mismo que ser censor, promotor o prestador de servicio social. Aunque muchas actividades podrían confundirse, cada una tiene sus propios signos distintivos. En una colaboración anterior comentamos sobre las dificultades de realizar censos y la calidad de los resultados cuando no existe suficiente información, capacitación, recursos y una coordinación sólida para definir prioridades, resolver problemas y cumplir con los objetivos.

El voluntariado puede jugar un papel más relevante en la reconstrucción de la institucionalidad a nivel local, desarrollando capacidades para proyectar, innovar y mantener nivel por nivel la confianza y seguridad cotidiana de las comunidades. En los ejemplos señalados se promovió la corresponsabilidad y comenzaron a reescribirse nuevas reglas que debían ser cumplidas y vigiladas desde las comunidades. De este modo, el voluntariado ayudó a revertir buena parte del deterioro y el abandono institucional.

Nunca es sencillo. Siempre surgen distintos problemas durante el diagnóstico, la capacitación, la coordinación, la comunicación, el compromiso de quienes participan en estos procesos, entre otros. Pero al final, se alcanzan buenos resultados, se logra evitar duplicidad de acciones, se potencian los recursos y la organización permite empoderar a las comunidades.

No está mal generar censos y aprovechar esa información, dar seguimiento, mejorar procesos de intervención y evaluar los resultados; sin embargo, la nueva identidad, personalidad y energía social del actual voluntariado morelense debería comenzar a estructurarse, dirigirse y detonarse hacia actividades de mayor alcance.

Morelos tiene muchos ejemplos positivos de lo que el voluntariado puede alcanzar en términos de transformación social. Su fuerza existe y se expresa permanentemente, ya sea bajo prácticas formales o informales; o surgiendo desde el sector público, privado o social, pero siempre encontramos en su núcleo la creación de relaciones y trascendencia social en las comunidades donde apoya a solucionar problemas o necesidades.

El reto es hacer transitar los servicios del voluntariado del corto al largo plazo, es decir, pasar de una estrategia para salir de la crisis, a un recurso estratégico para prevenir y adaptarse a riesgos (Informe sobre el estado del voluntariado en el mundo 2018, ONU). Para lograrlo, de acuerdo con la experiencia internacional, resulta necesaria la colaboración externa de forma estructurada y continua de las autoridades, de las organizaciones internacionales o de cualquier otro actor publico o privado externo en la auto-organización de la comunidades.

Con esta idea, el Sistema DIF es uno de los ejemplos más cercanos sobre la intención de dirigir y sostener en el tiempo el poder del voluntariado. Sin embargo, hubo otros buenos ejemplos en el pasado inmediato: el exprograma beca-salario; la extinta estrategia Cruzada contra el hambre y el sismo del 19 de septiembre de 2017.

El estos casos, el voluntariado buscó generar cambios desde la base al empoderar a las comunidades y con ello, transformar las condiciones sociales de grupos marginados o vulnerables (y por lo tanto, prioritarios), pero partiendo de sus propias necesidades. En muchas comunidades se pusieron en marcha distintas actividades para resolver problemas locales. El voluntariado no puede sustituir la responsabilidad del gobierno ni cubrir las necesidades básicas en el largo plazo. No obstante, se aprovechó su fuerza y alcances para generar distintos procesos sociales.

Recientemente, con los nuevos objetivos de la 4T, parece que AMLO también ha encontrado un lugar relevante para el voluntariado al confiarles el levantamiento de los censos de los programas sociales (que deberán estar concluidos en febrero). Sin embargo, el voluntariado no es lo mismo que ser censor, promotor o prestador de servicio social. Aunque muchas actividades podrían confundirse, cada una tiene sus propios signos distintivos. En una colaboración anterior comentamos sobre las dificultades de realizar censos y la calidad de los resultados cuando no existe suficiente información, capacitación, recursos y una coordinación sólida para definir prioridades, resolver problemas y cumplir con los objetivos.

El voluntariado puede jugar un papel más relevante en la reconstrucción de la institucionalidad a nivel local, desarrollando capacidades para proyectar, innovar y mantener nivel por nivel la confianza y seguridad cotidiana de las comunidades. En los ejemplos señalados se promovió la corresponsabilidad y comenzaron a reescribirse nuevas reglas que debían ser cumplidas y vigiladas desde las comunidades. De este modo, el voluntariado ayudó a revertir buena parte del deterioro y el abandono institucional.

Nunca es sencillo. Siempre surgen distintos problemas durante el diagnóstico, la capacitación, la coordinación, la comunicación, el compromiso de quienes participan en estos procesos, entre otros. Pero al final, se alcanzan buenos resultados, se logra evitar duplicidad de acciones, se potencian los recursos y la organización permite empoderar a las comunidades.

No está mal generar censos y aprovechar esa información, dar seguimiento, mejorar procesos de intervención y evaluar los resultados; sin embargo, la nueva identidad, personalidad y energía social del actual voluntariado morelense debería comenzar a estructurarse, dirigirse y detonarse hacia actividades de mayor alcance.

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