/ domingo 16 de mayo de 2021

Dentro de la burbuja

Las medidas de los gobiernos con respecto a la pandemia han ido evolucionando conforme avanza el conocimiento del virus, del contagio y de la enfermedad y México no es la excepción, pero sí con una carácteristica particular, la expectativa que la inmunidad de rebaño haga su trabajo lo antes posible al costo que sea.

Lo vivimos desde el principio cuando la Organización Mundial de la Salud procuraba evitar la dispersión del virus entre países y en México se decidió que no se cerrarían las fronteras. Posteriormente cuando, ante la evidencia de la importancia que tendrían los pacientes asintomáticos en la transmisión de la enfermedad, en México se decidió limitar las pruebas a pacientes con síntomas y no hacer obligatorio el uso de cubrebocas.

Más adelante, cuando se revelaba que COVID-19 no era una enfermedad respiratoria sino inflamatoria por lo que concentrar el esfuerzo hospitalario en el uso de respiradores no coptaba las verdaderas causas de muerte, en México se priorizaron los esfuerzos hacia la compra de respiradores y hasta Conacyt participó adaptando diseños extranjeros.

Cuando la recomendación global fue asistir a los ciudadanos para que pudieran soportar un confinamiento extendido, en México no se liberaron recursos y, al contrario, se determinó suspender el confinamiento cuando la primera ola apenas se declaraba.

Estas directivas han tenido consecuencias. México ocupa el decimoquinto lugar en número de casos reportados pero el cuarto en muertes reconocidas. El número oficial de decesos a la fecha es de 219 mil, sin embargo, el exceso de mortalidad nos indica que el número real de muertes derivadas de la pandemia supera el medio millón. Mientras que la economía de otros países tiene un horizonte de recuperación de meses, en México será de años.

En este momento hemos sufrido ya dos olas de la pandemia, aunque un poco desdibujadas porque aún en el mejor momento el número de casos díarios se mantuvo por encima de 5 mil. La segunda ola, cuyo pico se registró a finales de enero, está a la baja.

En un ejercicio de optimismo, el gobierno de México ha decidido responder pasando a semáforo verde la mayor parte del territorio nacional. Sin embargo, este optimismo podría no tener sustento.

Los expertos del gobierno saben que la única explicación al comportamiento actual de la pandemia en México es que el número real de casos registrados en la segunda ola sea, al menos, diez veces superior al reportado y que eso haya generado una burbuja de protección. Pero también saben que la burbuja está por romperse. La inmunidad generada por la infección no es de larga duración y la misma población que está ayudando a remitir el contagio será vulnerable de nuevo en pocas semanas.

Esta situación nos abre una oportunidad si aceleramos de manera exponencial la aplicación de vacunas hasta alcanzar el mínimo necesario de 70% de la pobación protegida antes que la inmunidad natural desaparezca. Sin embargo, esto parecería difícil de lograr ya que nos encontramos apenas en el 7% y nos queda poco tiempo. Aún así, existe la posibilidad que la protección de las vacunas tampoco sea de largo plazo con lo que se requieriría extender la campaña de vacunación por tiempo intederminado para la aplicación de refuerzos.

Aunque la tendencia de la pandemia se encuentre de momento a la baja, el lento avance de la vacunación, la aparición de nuevas variantes y el uso mixto de vacunas en un mismo grupo poblacional debiera haber ya prendido un foco rojo en el sector salud ante una potencial tercera ola. Porque todos sabemos que las burbujas son hermosas pero efímeras.


Información adicional de éste y otros temas de interés visiten http://reivindicandoapluton.blogspot.mx o https://www.facebook.com/BValderramaB/

Las medidas de los gobiernos con respecto a la pandemia han ido evolucionando conforme avanza el conocimiento del virus, del contagio y de la enfermedad y México no es la excepción, pero sí con una carácteristica particular, la expectativa que la inmunidad de rebaño haga su trabajo lo antes posible al costo que sea.

Lo vivimos desde el principio cuando la Organización Mundial de la Salud procuraba evitar la dispersión del virus entre países y en México se decidió que no se cerrarían las fronteras. Posteriormente cuando, ante la evidencia de la importancia que tendrían los pacientes asintomáticos en la transmisión de la enfermedad, en México se decidió limitar las pruebas a pacientes con síntomas y no hacer obligatorio el uso de cubrebocas.

Más adelante, cuando se revelaba que COVID-19 no era una enfermedad respiratoria sino inflamatoria por lo que concentrar el esfuerzo hospitalario en el uso de respiradores no coptaba las verdaderas causas de muerte, en México se priorizaron los esfuerzos hacia la compra de respiradores y hasta Conacyt participó adaptando diseños extranjeros.

Cuando la recomendación global fue asistir a los ciudadanos para que pudieran soportar un confinamiento extendido, en México no se liberaron recursos y, al contrario, se determinó suspender el confinamiento cuando la primera ola apenas se declaraba.

Estas directivas han tenido consecuencias. México ocupa el decimoquinto lugar en número de casos reportados pero el cuarto en muertes reconocidas. El número oficial de decesos a la fecha es de 219 mil, sin embargo, el exceso de mortalidad nos indica que el número real de muertes derivadas de la pandemia supera el medio millón. Mientras que la economía de otros países tiene un horizonte de recuperación de meses, en México será de años.

En este momento hemos sufrido ya dos olas de la pandemia, aunque un poco desdibujadas porque aún en el mejor momento el número de casos díarios se mantuvo por encima de 5 mil. La segunda ola, cuyo pico se registró a finales de enero, está a la baja.

En un ejercicio de optimismo, el gobierno de México ha decidido responder pasando a semáforo verde la mayor parte del territorio nacional. Sin embargo, este optimismo podría no tener sustento.

Los expertos del gobierno saben que la única explicación al comportamiento actual de la pandemia en México es que el número real de casos registrados en la segunda ola sea, al menos, diez veces superior al reportado y que eso haya generado una burbuja de protección. Pero también saben que la burbuja está por romperse. La inmunidad generada por la infección no es de larga duración y la misma población que está ayudando a remitir el contagio será vulnerable de nuevo en pocas semanas.

Esta situación nos abre una oportunidad si aceleramos de manera exponencial la aplicación de vacunas hasta alcanzar el mínimo necesario de 70% de la pobación protegida antes que la inmunidad natural desaparezca. Sin embargo, esto parecería difícil de lograr ya que nos encontramos apenas en el 7% y nos queda poco tiempo. Aún así, existe la posibilidad que la protección de las vacunas tampoco sea de largo plazo con lo que se requieriría extender la campaña de vacunación por tiempo intederminado para la aplicación de refuerzos.

Aunque la tendencia de la pandemia se encuentre de momento a la baja, el lento avance de la vacunación, la aparición de nuevas variantes y el uso mixto de vacunas en un mismo grupo poblacional debiera haber ya prendido un foco rojo en el sector salud ante una potencial tercera ola. Porque todos sabemos que las burbujas son hermosas pero efímeras.


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