Brenda Valderrama

  / lunes 11 de noviembre de 2019

De la vista nace el amor

Es lógico pensar que solamente amamos lo que conocemos, ya sea una persona, un territorio o una comunidad. El conocimiento genera empatía y la empatía afecto. Es por eso que todas las sociedades inculcan en sus pequeños el conocimiento de sus orígenes y símbolos, quiénes fueron sus próceres, su bandera y su himno. Igualmente hacen las iglesias y las comunidades. Más recientemente ese afecto se ha extendido a otras especies como demuestra la aparición del concepto de perrhijo o al medio ambiente, ejemplificado con el activismo de Greta Thunberg. Pero amar a una bacteria es un poquito más difícil.

Una solución sería tener bacterias de mascotas. Desafortunadamente su ínfimo tamaño, un millón de veces más pequeñas que un perro, y que para subsistir requieren de condiciones más complejas que croquetas y un plato de agua, nos han orillado a que el conocimiento de las bacterias se concentre en un grupo de especialistas, llamados microbiólogos. Ellos sí que aman las bacterias. Y les voy a decir porqué.

Primero, porque las bacterias son un laboratorio. Es en estos microorganismos que se ha logrado elucidar la mayoría de los mecanismos que sustentan la vida, la reproducción y la transformación de todas las especies del planeta reforzando el concepto de un sólo ancestro común. Segundo, porque son museos vivientes donde se encuentran en exposición todas y cada una de las piezas que permiten reconstruir con bastante precisión cómo era la vida en el planeta hace cientos, miles, millones y hasta miles de millones de años. Todo está allí esperando ser descubierto. Tercero, porque independientemente de lo que ocurra con nuestra especie, las bacterias encontrarán la forma de adaptarse y persistir, asegurando la permanencia de la vida en el planeta.

Pero hoy quiero dedicarle este artículo a una microbióloga en particular cuyo amor a las bacterias ha traspasado fronteras. Se trata de Valeria Souza, quien ha dedicado su vida al estudio de un grupo de bacterias absolutamente fascinante, las que habitan las pozas de Cuatro Ciénegas en Coahuila. Cuatro Ciénegas se localiza en el corazón del país, rodeado de desierto y en el centro de un profundo valle, y resulta ser el único vestigio en el planeta del mar ancestral, ese que existía antes de la aparición de los dinosaurios y de la separación de los continentes. Ese mar ancestral era muy diferente del que existe ahora, su composición química, su acidez y su nivel de nutrientes fueron los que permitieron la aparición de la vida en el planeta.

Los más de veinte años de trabajo de Valeria Souza al frente de un verdadero ejército de científicos han permitido comenzar a entender cómo eran las condiciones de la vida primigenia en ese mar ancestral y también a darnos acceso a una reserva inimaginable de nuevos recursos con enorme potencial de aplicación. Sin embargo y a pesar de todo su esfuerzo el mar ancestral está en peligro de desaparecer. La explotación desenfrenada del agua del subsuelo de la cual se alimentan las pozas ha comenzado a secar algunos de esos maravillosos sitios. El dilema es difícil y lo planteo para que ustedes formen su propia opinión. Por un lado se encuentra la permanencia de las pozas y la preservación de ese increíble patrimonio de la humanidad el cual apenas hemos comenzado a entender. Por otro lado se encuentra el futuro de varias comunidades que dependen del agua del subsuelo para su supervivencia.

Mientras se resuelve este dilema y espero que para el bien de las generaciones futuras, Valeria Souza ha visto reconocida su carrera mediante su incorporación a la Academia de Ciencias de Estados Unidos, siendo la primera mexicana en la historia en lograrlo. Valeria no solamente es una extraordinaria microbióloga sino que también ha entendido que la solución al dilema se encuentra dentro de la misma comunidad por lo que sus labores de investigación han venido acompañadas siempre de actividades para los pequeños habitantes de Cuatro Ciénagas buscando que conozcan y se enamoren de sus bacterias. Gran amiga de Morelos le enviamos a Valeria una calurosa felicitación y nuestro apoyo a su causa.

En lo local, sigue la discusión del presupuesto 2020 en el Congreso del Estado sin que hayamos recibido respuesta de la Comisión de Hacienda presidida por la Diputada Rosalina Mazari para la revisión del asignado a ciencia y tecnología, el cual en 2019 no recibió ni un solo peso.


Información adicional de éste y otros temas de interés: http://reivindicandoapluton.blogspot.mx

Es lógico pensar que solamente amamos lo que conocemos, ya sea una persona, un territorio o una comunidad. El conocimiento genera empatía y la empatía afecto. Es por eso que todas las sociedades inculcan en sus pequeños el conocimiento de sus orígenes y símbolos, quiénes fueron sus próceres, su bandera y su himno. Igualmente hacen las iglesias y las comunidades. Más recientemente ese afecto se ha extendido a otras especies como demuestra la aparición del concepto de perrhijo o al medio ambiente, ejemplificado con el activismo de Greta Thunberg. Pero amar a una bacteria es un poquito más difícil.

Una solución sería tener bacterias de mascotas. Desafortunadamente su ínfimo tamaño, un millón de veces más pequeñas que un perro, y que para subsistir requieren de condiciones más complejas que croquetas y un plato de agua, nos han orillado a que el conocimiento de las bacterias se concentre en un grupo de especialistas, llamados microbiólogos. Ellos sí que aman las bacterias. Y les voy a decir porqué.

Primero, porque las bacterias son un laboratorio. Es en estos microorganismos que se ha logrado elucidar la mayoría de los mecanismos que sustentan la vida, la reproducción y la transformación de todas las especies del planeta reforzando el concepto de un sólo ancestro común. Segundo, porque son museos vivientes donde se encuentran en exposición todas y cada una de las piezas que permiten reconstruir con bastante precisión cómo era la vida en el planeta hace cientos, miles, millones y hasta miles de millones de años. Todo está allí esperando ser descubierto. Tercero, porque independientemente de lo que ocurra con nuestra especie, las bacterias encontrarán la forma de adaptarse y persistir, asegurando la permanencia de la vida en el planeta.

Pero hoy quiero dedicarle este artículo a una microbióloga en particular cuyo amor a las bacterias ha traspasado fronteras. Se trata de Valeria Souza, quien ha dedicado su vida al estudio de un grupo de bacterias absolutamente fascinante, las que habitan las pozas de Cuatro Ciénegas en Coahuila. Cuatro Ciénegas se localiza en el corazón del país, rodeado de desierto y en el centro de un profundo valle, y resulta ser el único vestigio en el planeta del mar ancestral, ese que existía antes de la aparición de los dinosaurios y de la separación de los continentes. Ese mar ancestral era muy diferente del que existe ahora, su composición química, su acidez y su nivel de nutrientes fueron los que permitieron la aparición de la vida en el planeta.

Los más de veinte años de trabajo de Valeria Souza al frente de un verdadero ejército de científicos han permitido comenzar a entender cómo eran las condiciones de la vida primigenia en ese mar ancestral y también a darnos acceso a una reserva inimaginable de nuevos recursos con enorme potencial de aplicación. Sin embargo y a pesar de todo su esfuerzo el mar ancestral está en peligro de desaparecer. La explotación desenfrenada del agua del subsuelo de la cual se alimentan las pozas ha comenzado a secar algunos de esos maravillosos sitios. El dilema es difícil y lo planteo para que ustedes formen su propia opinión. Por un lado se encuentra la permanencia de las pozas y la preservación de ese increíble patrimonio de la humanidad el cual apenas hemos comenzado a entender. Por otro lado se encuentra el futuro de varias comunidades que dependen del agua del subsuelo para su supervivencia.

Mientras se resuelve este dilema y espero que para el bien de las generaciones futuras, Valeria Souza ha visto reconocida su carrera mediante su incorporación a la Academia de Ciencias de Estados Unidos, siendo la primera mexicana en la historia en lograrlo. Valeria no solamente es una extraordinaria microbióloga sino que también ha entendido que la solución al dilema se encuentra dentro de la misma comunidad por lo que sus labores de investigación han venido acompañadas siempre de actividades para los pequeños habitantes de Cuatro Ciénagas buscando que conozcan y se enamoren de sus bacterias. Gran amiga de Morelos le enviamos a Valeria una calurosa felicitación y nuestro apoyo a su causa.

En lo local, sigue la discusión del presupuesto 2020 en el Congreso del Estado sin que hayamos recibido respuesta de la Comisión de Hacienda presidida por la Diputada Rosalina Mazari para la revisión del asignado a ciencia y tecnología, el cual en 2019 no recibió ni un solo peso.


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