/ domingo 2 de mayo de 2021

Cuando se rompe el delicado balance

Esta columna se ha dedicado, durante los últimos 15 meses, a describir las causas, fuerzas y consecuencias de la pandemia desde todas la ópticas posibles con excepción de una, la del paciente.

El delicado balance entre la salud física y la salud mental, entre la atención de necesidades emocionales y evitar el contagio, entre la preocupación por los más vulnerables y la falsa seguridad que da haber recibido la primera dosis de la vacuna, entre la necesidad de salir a trabajar y la falta de responsabilidad de compañeros de trabajo, todo esto aumenta las probabilidades de que el virus, por vericuetos inesperados, nos alcance.

Y eso fue lo que me sucedió. Hace dos semanas comencé con una tos discreta. Al siguiente día me informan que una persona con la que tuve contacto cinco días antes había dado positivo. Inmediatamente me aislé y solicité me realizaran una prueba a domicilio. Allí comienzan los retos. No todos los laboratorios toman la muestra a domicilio, tampoco todos la entregan en 24 horas y definitivamente, es un gasto inesperado que no todos podemos afrontar. Porque ciertamente no fui solamente yo en este brote.

Para cortar la cadena de contagio es indispensable que la persona transmisora le informe a todos con quienes tuvo contacto los siete días anteriores a la aparición de síntomas sobre el riesgo de contagio. Esas personas, pocas o muchas, tendrás que someterse a la prueba diagnóstica o, en su defecto, a aislarse durante 15 días para prevenir el contagio. Desafortunadamente no todos entienden, aceptan, o pueden hacerlo.

Como era de esperarse, no fui la única contagiada en ese brote, felizmente ninguno fue por mi culpa y también felizmente, ninguno tuvo desenlace fatal.

Porque esta enfermedad es una tómbola. El mismo brote, la misma variante, el mismo tiempo de exposición puede tener desenlaces completamente disímbolos. Existe una alta probabilidad, 8 de 10 casos, que el paciente sea asintomático. Quizá estos son los más peligrosos porque no perciben ninguna razón evidente para el aislamiento y su falta de cuidado en evitar la transmisión de un virus que no saben que son portadores ha sido el principal impulsor de la pandemia.

Es por esto que el gobierno debiera hacer, como se hace en otros países, campañas permanentes de pruebas diagnósticas, cosa que no ha hecho y no va a hacer ya a estas alturas. Sobre todo en aquellas fuentes de trabajo que por su criticidad no pueden realizarse con menos personal ni a distancia. Más aún cuando la fuente del trabajo es el mismo gobierno, lo cual los hace doblemente responsables.

El desarrollo de la enfermedad, una vez manifestados los primeros síntomas, es absolutamente impredecible dentro de ciertos parámetros. Lo primero a considerar es que la enfermedad COVID-19 no es una enfermedad respiratoria. Repito, no es una enfermedad respiratoria. Es una enfermedad inflamatoria y debe ser atendida como tal. Hasta que entendimos esto se pudo contener la mortandad ocasionada por una visión primigenia que buscaba atender la pandemia como si fuera influenza mediante el uso de respiradores.

Una vez infectada, una persona puede presentar alguno de dos grupos de síntomas: los respiratorios, es decir, que el virus se aloje durante toda su ciclo de vida en la garganta y/o pulmones, y los digestivos, cuando el virus se aloja en el intestino y causa episodios de diarrea y otros malestares. Independientemente de los síntomas, por ser una enfermedad inflamatoria, la presencia del virus puede ocasionar daño en otros órganos como corazón y cerebro.

Es por esto que los médicos de primer contacto deben identificar la preexistencia de condiciones de riesgo y correr los estudios de laboratorio que permitan prevenir la ocurrencia de complicaciones. Medición constante de oxígeno en sangre para prevenir la hipoxia silenciosa. Determinación de parámetros como el dímero D y la proteína C reactiva en sangre para prevenir la trombosis. Evitar los picos de fiebre para prevenir el daño cerebral.

En mi caso particular, el virus se alojó en las vías respiratorias altas. Aún a la fecha presento síntomas de rinitis y pérdida de olfato y gusto. Mis indicadores están controlados y es posible que la infección haya concluido ya su ciclo con la expectativa de que el daño generado a mis tejidos se repare de manera espontánea.

Porque eso es otro tema importante, no hay medicamentos que eviten la infección. No existe todavía ningun medicamento, tampoco, que detenga la expansión del virus una vez en el organismo y solamente nos queda contender las molestias mediante el uso de paracetamol esperando que la inflamación se contenga sin necesidad de aplicar cortisona.

Para quienes salimos de la fase crítica con bien, tendremos que hacernos una placa de pulmones para valorar el daño infligido por el virus a estos órganos. Para algunos pacientes esta valoración deberá extenderse también a corazón y, en casos cuando amerite, a cerebro.

COVID-19 es una enfermedad inflamatoria y algo que aprendimos por el camino difícil es que una vez detonada la inflamación el daño queda y puede tener consecuencias, inclusive fatales, en los días y semanas posteriores a la recuperación inicial. Lo que parece ser general es la fatiga que deja la batalla y la tristeza de haber caído tan cerca, a solo un par de semanas, de recibir la tan esperada vacuna.


Información adicional de éste y otros temas de interés visiten http://reivindicandoapluton.blogspot.mx o https://www.facebook.com/BValderramaB/

Esta columna se ha dedicado, durante los últimos 15 meses, a describir las causas, fuerzas y consecuencias de la pandemia desde todas la ópticas posibles con excepción de una, la del paciente.

El delicado balance entre la salud física y la salud mental, entre la atención de necesidades emocionales y evitar el contagio, entre la preocupación por los más vulnerables y la falsa seguridad que da haber recibido la primera dosis de la vacuna, entre la necesidad de salir a trabajar y la falta de responsabilidad de compañeros de trabajo, todo esto aumenta las probabilidades de que el virus, por vericuetos inesperados, nos alcance.

Y eso fue lo que me sucedió. Hace dos semanas comencé con una tos discreta. Al siguiente día me informan que una persona con la que tuve contacto cinco días antes había dado positivo. Inmediatamente me aislé y solicité me realizaran una prueba a domicilio. Allí comienzan los retos. No todos los laboratorios toman la muestra a domicilio, tampoco todos la entregan en 24 horas y definitivamente, es un gasto inesperado que no todos podemos afrontar. Porque ciertamente no fui solamente yo en este brote.

Para cortar la cadena de contagio es indispensable que la persona transmisora le informe a todos con quienes tuvo contacto los siete días anteriores a la aparición de síntomas sobre el riesgo de contagio. Esas personas, pocas o muchas, tendrás que someterse a la prueba diagnóstica o, en su defecto, a aislarse durante 15 días para prevenir el contagio. Desafortunadamente no todos entienden, aceptan, o pueden hacerlo.

Como era de esperarse, no fui la única contagiada en ese brote, felizmente ninguno fue por mi culpa y también felizmente, ninguno tuvo desenlace fatal.

Porque esta enfermedad es una tómbola. El mismo brote, la misma variante, el mismo tiempo de exposición puede tener desenlaces completamente disímbolos. Existe una alta probabilidad, 8 de 10 casos, que el paciente sea asintomático. Quizá estos son los más peligrosos porque no perciben ninguna razón evidente para el aislamiento y su falta de cuidado en evitar la transmisión de un virus que no saben que son portadores ha sido el principal impulsor de la pandemia.

Es por esto que el gobierno debiera hacer, como se hace en otros países, campañas permanentes de pruebas diagnósticas, cosa que no ha hecho y no va a hacer ya a estas alturas. Sobre todo en aquellas fuentes de trabajo que por su criticidad no pueden realizarse con menos personal ni a distancia. Más aún cuando la fuente del trabajo es el mismo gobierno, lo cual los hace doblemente responsables.

El desarrollo de la enfermedad, una vez manifestados los primeros síntomas, es absolutamente impredecible dentro de ciertos parámetros. Lo primero a considerar es que la enfermedad COVID-19 no es una enfermedad respiratoria. Repito, no es una enfermedad respiratoria. Es una enfermedad inflamatoria y debe ser atendida como tal. Hasta que entendimos esto se pudo contener la mortandad ocasionada por una visión primigenia que buscaba atender la pandemia como si fuera influenza mediante el uso de respiradores.

Una vez infectada, una persona puede presentar alguno de dos grupos de síntomas: los respiratorios, es decir, que el virus se aloje durante toda su ciclo de vida en la garganta y/o pulmones, y los digestivos, cuando el virus se aloja en el intestino y causa episodios de diarrea y otros malestares. Independientemente de los síntomas, por ser una enfermedad inflamatoria, la presencia del virus puede ocasionar daño en otros órganos como corazón y cerebro.

Es por esto que los médicos de primer contacto deben identificar la preexistencia de condiciones de riesgo y correr los estudios de laboratorio que permitan prevenir la ocurrencia de complicaciones. Medición constante de oxígeno en sangre para prevenir la hipoxia silenciosa. Determinación de parámetros como el dímero D y la proteína C reactiva en sangre para prevenir la trombosis. Evitar los picos de fiebre para prevenir el daño cerebral.

En mi caso particular, el virus se alojó en las vías respiratorias altas. Aún a la fecha presento síntomas de rinitis y pérdida de olfato y gusto. Mis indicadores están controlados y es posible que la infección haya concluido ya su ciclo con la expectativa de que el daño generado a mis tejidos se repare de manera espontánea.

Porque eso es otro tema importante, no hay medicamentos que eviten la infección. No existe todavía ningun medicamento, tampoco, que detenga la expansión del virus una vez en el organismo y solamente nos queda contender las molestias mediante el uso de paracetamol esperando que la inflamación se contenga sin necesidad de aplicar cortisona.

Para quienes salimos de la fase crítica con bien, tendremos que hacernos una placa de pulmones para valorar el daño infligido por el virus a estos órganos. Para algunos pacientes esta valoración deberá extenderse también a corazón y, en casos cuando amerite, a cerebro.

COVID-19 es una enfermedad inflamatoria y algo que aprendimos por el camino difícil es que una vez detonada la inflamación el daño queda y puede tener consecuencias, inclusive fatales, en los días y semanas posteriores a la recuperación inicial. Lo que parece ser general es la fatiga que deja la batalla y la tristeza de haber caído tan cerca, a solo un par de semanas, de recibir la tan esperada vacuna.


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