/ lunes 3 de junio de 2024

Corolario al 2 de junio

El proceso electoral del día de ayer tendrá un profundo impacto en el futuro de la democracia en México.

Por un lado, dejó en la absoluta impunidad una serie de acciones, evidentes, graves y recurrentes que vulneraron los principios de equidad de la contienda.

Estamos hablando de la campaña electoral promovida como publicidad que los actores políticos del partido en el poder iniciaron tres años antes del 2 de junio. Propaganda de libros, entrevistas ficticias, portadas de revistas a modo.

Millones de pesos de recursos públicos gastados en espectaculares y en medios convencionales o digitales para promover su imagen. De nada sirvieron las denuncias documentadas, fotos y otros testimonios. El Instituto Nacional Electoral no vio o no quiso verlo.

A este primer piso hay que sumarle la actividad de miles de jóvenes mexicanos que simulaban ser promotores de programas sociales y quienes fueron los responsables de generar la estructura electoral y de sostenerla hasta el último momento mediante promesas o amenazas.

A quienes no formaban parte de una estructura, les moldearon la voluntad con propaganda electoral disfrazada de información, dispersada sin descanso a través de sus teléfonos celulares.

Más cerca de la contienda, es de todos conocida la posición tan beligerante que tomó el presidente y que lo llevó al desacato no solamente de las reglas electorales sino de sanciones judiciales. Dejó de ser el titular del ejecutivo nacional para volverse el jefe de campaña de su partido.

Desde la aparición de Xóchitl Gálvez se dedicó todo el esfuerzo del gobierno federal a denostarla, ridiculizarla y desacreditarla. No solamente se atacó su origen, formación o antecedentes, sino que hasta su físico fue motivo de escarnio.

La polarización alcanzó su nivel máximo el día de ayer cuando el líder de Morena dijo con todas sus letras que quienes conforman la oposición son corruptos, traidores y vende patrias. En su imaginario, solo existe lugar para el pensamiento único.

A todo lo anterior, hay que sumarle la absolutamente desproporcionada dispersión de recursos económicos en los días previos a las elecciones que alcanzaron, de acuerdo a testimonios, la cantidad de diez mil pesos por un voto. Hagan sus cuentas y se darán una idea de la magnitud del desvío.

Finalmente, la violencia desplegada durante las campaña tuvo gran impacto en lo local. Candidatos asesinados, planillas completas amenazadas, secuestros y levantones, la peor en la historia de nuestro país.

Quienes traten de analizar lo que ocurrió ayer asumiendo que se trató de una elección más lo estarán haciendo desde la perspectiva equivocada. Lo que vivimos fueron los estertores de la democracia, el último aliento de las instituciones construidas después del fraude de 1988, el principio de un régimen autocrático sin parangón en la historia de nuestro país.

Solamente así puede entenderse que un gobierno negligente, ausente y omiso haya logrado su ratificación. Las modificaciones legales que sean turnadas desde la presidencia a la legislatura que tomará protesta el próximo mes de septiembre serán el marco jurídico sobre el cual se construirá el México de las próximas generaciones. Quisiera ser optimista, pero no puedo.

El proceso electoral del día de ayer tendrá un profundo impacto en el futuro de la democracia en México.

Por un lado, dejó en la absoluta impunidad una serie de acciones, evidentes, graves y recurrentes que vulneraron los principios de equidad de la contienda.

Estamos hablando de la campaña electoral promovida como publicidad que los actores políticos del partido en el poder iniciaron tres años antes del 2 de junio. Propaganda de libros, entrevistas ficticias, portadas de revistas a modo.

Millones de pesos de recursos públicos gastados en espectaculares y en medios convencionales o digitales para promover su imagen. De nada sirvieron las denuncias documentadas, fotos y otros testimonios. El Instituto Nacional Electoral no vio o no quiso verlo.

A este primer piso hay que sumarle la actividad de miles de jóvenes mexicanos que simulaban ser promotores de programas sociales y quienes fueron los responsables de generar la estructura electoral y de sostenerla hasta el último momento mediante promesas o amenazas.

A quienes no formaban parte de una estructura, les moldearon la voluntad con propaganda electoral disfrazada de información, dispersada sin descanso a través de sus teléfonos celulares.

Más cerca de la contienda, es de todos conocida la posición tan beligerante que tomó el presidente y que lo llevó al desacato no solamente de las reglas electorales sino de sanciones judiciales. Dejó de ser el titular del ejecutivo nacional para volverse el jefe de campaña de su partido.

Desde la aparición de Xóchitl Gálvez se dedicó todo el esfuerzo del gobierno federal a denostarla, ridiculizarla y desacreditarla. No solamente se atacó su origen, formación o antecedentes, sino que hasta su físico fue motivo de escarnio.

La polarización alcanzó su nivel máximo el día de ayer cuando el líder de Morena dijo con todas sus letras que quienes conforman la oposición son corruptos, traidores y vende patrias. En su imaginario, solo existe lugar para el pensamiento único.

A todo lo anterior, hay que sumarle la absolutamente desproporcionada dispersión de recursos económicos en los días previos a las elecciones que alcanzaron, de acuerdo a testimonios, la cantidad de diez mil pesos por un voto. Hagan sus cuentas y se darán una idea de la magnitud del desvío.

Finalmente, la violencia desplegada durante las campaña tuvo gran impacto en lo local. Candidatos asesinados, planillas completas amenazadas, secuestros y levantones, la peor en la historia de nuestro país.

Quienes traten de analizar lo que ocurrió ayer asumiendo que se trató de una elección más lo estarán haciendo desde la perspectiva equivocada. Lo que vivimos fueron los estertores de la democracia, el último aliento de las instituciones construidas después del fraude de 1988, el principio de un régimen autocrático sin parangón en la historia de nuestro país.

Solamente así puede entenderse que un gobierno negligente, ausente y omiso haya logrado su ratificación. Las modificaciones legales que sean turnadas desde la presidencia a la legislatura que tomará protesta el próximo mes de septiembre serán el marco jurídico sobre el cual se construirá el México de las próximas generaciones. Quisiera ser optimista, pero no puedo.