/ viernes 28 de enero de 2022

Comunidades de guardarropa

No resulta extraño que las personas olviden las razones por las que se crean lazos de solidaridad frente a un evento sensible.

Los individuos se agrupan rápidamente cuando acontecen en tragedias que conmueven los cimientos de la comunidad, como catástrofes naturales, decesos por causas injustas -sea por negligencia de autoridades en accidentes u omisiones a personalidades famosas- o simplemente un momento de suma conmoción que resulta casi imposible de ignorar.

Y no parece extraño por varias razones: la más evidente es que estos casos se repiten uno después del otro con la misma insistencia, aunque en espacio de varios meses, simulando ser el acontecimiento que por fin logrará cimbrar nuestra perspectiva de la realidad. Pero estamos tan habituados a este tipo de cosas que nos parecen tragedias inherentes al sistema defectuoso en el que vivimos y un lazo de unión no hace la diferencia. No es que no importe o se demerite la seriedad de lo que ocurre, sino que la distancia nos parece tan lejana que no parece valer la pena recordar una cifra que sólo engrosa la estadística.

Los motivos por los que la gente se reúne para protestar y dar crédito de la indignación son reales, pero no cercanos. En buena medida, en eso se basa lo que Bauman llamó comunidades de guardarropa: la lejanía de los acontecimientos también es una distancia hacia la empatía. No reconocer la situación de otros significa no conectar con nosotros mismos. Se tiene la ingenua creencia de que las dificultades pueden llegar a nosotros, o que difícilmente podría ocurrirnos algo similar. Con frecuencia, se vive creyendo que somos la excepción.

No tener cercanía hacia los otros es una decisión basada en la convicción de no generar un lazo de solidaridad, que, a fin de cuentas, se reduce en rechazar sentimientos de empatía; es incómodo tener que preocuparse por los demás en una sociedad que insiste en ser individualista; puede significar una pérdida de tiempo procurar asuntos que van más allá de nuestra responsabilidad. Mientras las situaciones incómodas estén fuera de nuestro círculo más cercano tiene poca importancia lo demás.

Somos capaces de implicarnos tanto como dure el morbo al buscar información en redes sociales o la nota televisiva a la hora de comer. Como una prenda que podemos elegir o desechar, los problemas colectivos ya poseen la misma equivalencia. Algunos son capaces de conmovernos hasta las lágrimas y la indignación, o simplemente, como una prenda que no usamos, la colocamos en el guardarropa esperando olvidarla.


No resulta extraño que las personas olviden las razones por las que se crean lazos de solidaridad frente a un evento sensible.

Los individuos se agrupan rápidamente cuando acontecen en tragedias que conmueven los cimientos de la comunidad, como catástrofes naturales, decesos por causas injustas -sea por negligencia de autoridades en accidentes u omisiones a personalidades famosas- o simplemente un momento de suma conmoción que resulta casi imposible de ignorar.

Y no parece extraño por varias razones: la más evidente es que estos casos se repiten uno después del otro con la misma insistencia, aunque en espacio de varios meses, simulando ser el acontecimiento que por fin logrará cimbrar nuestra perspectiva de la realidad. Pero estamos tan habituados a este tipo de cosas que nos parecen tragedias inherentes al sistema defectuoso en el que vivimos y un lazo de unión no hace la diferencia. No es que no importe o se demerite la seriedad de lo que ocurre, sino que la distancia nos parece tan lejana que no parece valer la pena recordar una cifra que sólo engrosa la estadística.

Los motivos por los que la gente se reúne para protestar y dar crédito de la indignación son reales, pero no cercanos. En buena medida, en eso se basa lo que Bauman llamó comunidades de guardarropa: la lejanía de los acontecimientos también es una distancia hacia la empatía. No reconocer la situación de otros significa no conectar con nosotros mismos. Se tiene la ingenua creencia de que las dificultades pueden llegar a nosotros, o que difícilmente podría ocurrirnos algo similar. Con frecuencia, se vive creyendo que somos la excepción.

No tener cercanía hacia los otros es una decisión basada en la convicción de no generar un lazo de solidaridad, que, a fin de cuentas, se reduce en rechazar sentimientos de empatía; es incómodo tener que preocuparse por los demás en una sociedad que insiste en ser individualista; puede significar una pérdida de tiempo procurar asuntos que van más allá de nuestra responsabilidad. Mientras las situaciones incómodas estén fuera de nuestro círculo más cercano tiene poca importancia lo demás.

Somos capaces de implicarnos tanto como dure el morbo al buscar información en redes sociales o la nota televisiva a la hora de comer. Como una prenda que podemos elegir o desechar, los problemas colectivos ya poseen la misma equivalencia. Algunos son capaces de conmovernos hasta las lágrimas y la indignación, o simplemente, como una prenda que no usamos, la colocamos en el guardarropa esperando olvidarla.