Brenda Valderrama

  / lunes 30 de septiembre de 2019

Ciencia...¿para qué?

Para 2019 el presupuesto federal asignado a la función Ciencia y Tecnología ascendió a 49 mil 733 millones de pesos, aproximadamente el 0.85% del total. Si a esto le sumamos lo que invierten las instituciones públicas, empresas y gobiernos estatales y municipales encontramos que en México se invierte aproximadamente el 0.9% del Producto Interno Bruto en investigación científica y desarrollo tecnológico.

La recomendación internacional es que se invierta al menos el 1% del PIB por lo que no estamos lejos sin embargo, para poder fomentarla, es necesario revisar con toda objetividad el beneficio que genera la inversión en ciencia y tecnología. Para esto sugiero cambiar la pregunta de ¿para qué? a ¿para quién?. Y en este sentido solo hay una respuesta: para la sociedad. La segunda pregunta sería ¿cómo beneficia la ciencia y la tecnología a la sociedad? y aquí comienza lo interesante.

En mi visión, la sociedad se beneficia de la inversión pública y privada en ciencia y tecnología de diferentes maneras. La primera es porque profundiza nuestro entendimiento del universo y de las leyes que lo dominan. Esto abarca desde los hoyos negros hasta las causas del alzheimer, desde el ciclo de vida de los corales hasta las rutas de migración de los patos, desde el comportamiento social que da entrada a una dictadura hasta los indicadores para predecir una devaluación. Los científicos se dedican, en su gran mayoría, a develar los secretos del universo mediante la aplicación de una serie de metodologías que privilegian de manera sistemática la veracidad, consistencia y utilidad de la información generada. Por eso es que el conocimiento científico debe ser de dominio público, solo así trascenderá generaciones y se podrá construir a partir del trabajo de otros investigadores. Esto no significa que no puede haber errores de interpretación sino que esos errores serán detectados y corregidos como resultado de una acción colectiva. Lo único que no se perdona es la mentira.

La segunda forma de beneficio social es el desarrollo de tecnología. Todos los dispositivos que aligeran y mejoran nuestra calidad de vida desde una licuadora hasta una quimioterapia tienen un sustento científico que fue aprovechado para desarrollar una solución a un problema práctico. En ocasiones el conocimiento científico no se generó con la intención de desarrollar tecnología de uso común sino que son otras personas diferentes al investigador, los tecnólogos, quienes lo aplican. Tomemos por ejemplo el GPS, ese accesorio que nos permite ser localizados y localizar a otras personas u objetos. El GPS fue desarrollado originalmente para resolver el problema de cómo hacer embonar dos piezas de equipo en el espacio durante el ensamblaje de la Estación Espacial Internacional. Alguien más lo incorporó a los teléfonos inteligentes. Para que esta forma de beneficio sea exitosa es fundamental que los empresarios inviertan en innovación y para que esa innovación sea de alto impacto, debe estar basada en conocimiento científico. Por eso es fundamental promover y fomentar la vinculación academia-empresa.

Finalmente tenemos la apropiación social del conocimiento con el objetivo de que la sociedad mejore su pensamiento científico y que pueda aprovechar mejor el conocimiento generado por los investigadores para su vida diaria. Aquí hay dos instrumentos fundamentales, el primero es la educación formal. Durante muchos años se ha intentado sin éxito incrementar la calidad de las materias científicas en la educación básica de forma que los docentes cuenten con mejores materiales y capacitación especializada para la impartición de las matemáticas y ciencias naturales. Que no lo hemos logrado queda demostrado año con año cuando la prueba Pisa coloca a nuestro país en el último lugar entre los miembros de la OCDE. El otro instrumento es la educación informal o de población abierta, en este sentido los museos de ciencias y las ferias en espacios públicos son fundamentales. Desafortunadamente esto tampoco ha tenido mucho éxito y en la más reciente encuesta sobre percepción social de la ciencia y la tecnología solamente 1 de cada 6 mexicanos expresaron interés sobre estos temas.

Estamos inmersos en lo que se ha promovido como un cambio de régimen sin embargo ese cambio no se ve reflejado en el presupuesto en ciencia y tecnología que para 2020 sigue prácticamente sin cambios en su distribución comparado con la administración federal anterior. A nivel estatal la situación es todavía peor dado que no se ha asignado ni un solo peso de presupuesto al tema. Me temo que si no cambiamos la forma de ver el problema, difícilmente tendremos resultados diferentes aumentando la deuda que tenemos con la siguientes generaciones.


Información adicional de éste y otros temas de interés: http://reivindicandoapluton.blogspot.mx

Para 2019 el presupuesto federal asignado a la función Ciencia y Tecnología ascendió a 49 mil 733 millones de pesos, aproximadamente el 0.85% del total. Si a esto le sumamos lo que invierten las instituciones públicas, empresas y gobiernos estatales y municipales encontramos que en México se invierte aproximadamente el 0.9% del Producto Interno Bruto en investigación científica y desarrollo tecnológico.

La recomendación internacional es que se invierta al menos el 1% del PIB por lo que no estamos lejos sin embargo, para poder fomentarla, es necesario revisar con toda objetividad el beneficio que genera la inversión en ciencia y tecnología. Para esto sugiero cambiar la pregunta de ¿para qué? a ¿para quién?. Y en este sentido solo hay una respuesta: para la sociedad. La segunda pregunta sería ¿cómo beneficia la ciencia y la tecnología a la sociedad? y aquí comienza lo interesante.

En mi visión, la sociedad se beneficia de la inversión pública y privada en ciencia y tecnología de diferentes maneras. La primera es porque profundiza nuestro entendimiento del universo y de las leyes que lo dominan. Esto abarca desde los hoyos negros hasta las causas del alzheimer, desde el ciclo de vida de los corales hasta las rutas de migración de los patos, desde el comportamiento social que da entrada a una dictadura hasta los indicadores para predecir una devaluación. Los científicos se dedican, en su gran mayoría, a develar los secretos del universo mediante la aplicación de una serie de metodologías que privilegian de manera sistemática la veracidad, consistencia y utilidad de la información generada. Por eso es que el conocimiento científico debe ser de dominio público, solo así trascenderá generaciones y se podrá construir a partir del trabajo de otros investigadores. Esto no significa que no puede haber errores de interpretación sino que esos errores serán detectados y corregidos como resultado de una acción colectiva. Lo único que no se perdona es la mentira.

La segunda forma de beneficio social es el desarrollo de tecnología. Todos los dispositivos que aligeran y mejoran nuestra calidad de vida desde una licuadora hasta una quimioterapia tienen un sustento científico que fue aprovechado para desarrollar una solución a un problema práctico. En ocasiones el conocimiento científico no se generó con la intención de desarrollar tecnología de uso común sino que son otras personas diferentes al investigador, los tecnólogos, quienes lo aplican. Tomemos por ejemplo el GPS, ese accesorio que nos permite ser localizados y localizar a otras personas u objetos. El GPS fue desarrollado originalmente para resolver el problema de cómo hacer embonar dos piezas de equipo en el espacio durante el ensamblaje de la Estación Espacial Internacional. Alguien más lo incorporó a los teléfonos inteligentes. Para que esta forma de beneficio sea exitosa es fundamental que los empresarios inviertan en innovación y para que esa innovación sea de alto impacto, debe estar basada en conocimiento científico. Por eso es fundamental promover y fomentar la vinculación academia-empresa.

Finalmente tenemos la apropiación social del conocimiento con el objetivo de que la sociedad mejore su pensamiento científico y que pueda aprovechar mejor el conocimiento generado por los investigadores para su vida diaria. Aquí hay dos instrumentos fundamentales, el primero es la educación formal. Durante muchos años se ha intentado sin éxito incrementar la calidad de las materias científicas en la educación básica de forma que los docentes cuenten con mejores materiales y capacitación especializada para la impartición de las matemáticas y ciencias naturales. Que no lo hemos logrado queda demostrado año con año cuando la prueba Pisa coloca a nuestro país en el último lugar entre los miembros de la OCDE. El otro instrumento es la educación informal o de población abierta, en este sentido los museos de ciencias y las ferias en espacios públicos son fundamentales. Desafortunadamente esto tampoco ha tenido mucho éxito y en la más reciente encuesta sobre percepción social de la ciencia y la tecnología solamente 1 de cada 6 mexicanos expresaron interés sobre estos temas.

Estamos inmersos en lo que se ha promovido como un cambio de régimen sin embargo ese cambio no se ve reflejado en el presupuesto en ciencia y tecnología que para 2020 sigue prácticamente sin cambios en su distribución comparado con la administración federal anterior. A nivel estatal la situación es todavía peor dado que no se ha asignado ni un solo peso de presupuesto al tema. Me temo que si no cambiamos la forma de ver el problema, difícilmente tendremos resultados diferentes aumentando la deuda que tenemos con la siguientes generaciones.


Información adicional de éste y otros temas de interés: http://reivindicandoapluton.blogspot.mx

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