/ martes 7 de diciembre de 2021

A la mitad del sexenio, y viene lo más difícil

Al cumplir los primeros 3 años de gobierno, el presidente López Obrador convocó al pueblo a un acto masivo en el Zócalo de la Ciudad de México, con el objeto de hacer un análisis del tramo recorrido, así como de las perspectivas para los próximos 3 años, los más cruciales para el destino de la 4T.

Uno de los puntos centrales –además de los logros materiales—consiste en el avance de la conciencia popular en torno a los grandes problemas del país. De nada serviría, por ejemplo, conseguir grandes avances materiales sin reforzar la conciencia del pueblo en torno al proceso de transformación.

En otras palabras: es importante que se vayan construyendo obras públicas en beneficio de la población, pero lo decisivo es que los avances se conviertan en irreversibles, y esto solo se puede lograr si existen millones de hombres y mujeres dispuestos a movilizarse en defensa de tales logros.

Es muy difícil que pueda regresar al poder algún partido de la derecha neoliberal, pero en el remoto caso de que así sucediera, el pueblo consciente estaría dispuesto a dar nuevas batallas para impedir el retroceso. Por ningún motivo se debe permitir el regreso del régimen de corrupción, saqueo y represión.

En lo material, los logros han sido muy grandes: se ha atravesado con éxito por una pandemia, y se han superado sus efectos en la salud de la población y en el retraso económico que trajo consigo, y todo ello sin pedir prestado un solo dólar en el extranjero. Hay unos 50 millones de mexicanos que hoy reciben apoyos constantes y en aumento, tales como la pensión para adultos mayores, las becas a estudiantes, a madres solteras y a campesinos.

En el fondo, hoy los recursos del gobierno se han aplicado en solventar las necesidades de la población, revirtiendo la política neoliberal de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. No se han rescatado empresas privadas en dificultades, tal como era la costumbre, y en cambio los recursos se han utilizado para fomentar la inversión de interés público.

Por otro lado, con la política de austeridad se han logrado rescatar 1 billón 400 mil millones de pesos, principalmente por la reducción de salarios de altos funcionarios, de los gastos de operación de la alta burocracia, de viáticos y gastos suntuosos, y se ha obligado a las grandes empresas a pagar impuestos, generando ingresos que han hecho posible la construcción de grandes obras, como el Tren Maya y el Ferrocarril Transístmico, entre otras.

Mención especial merece el aumento del salario mínimo. Al inicio del presente sexenio, éste era de menos de 90 pesos; para el año 2022, será de 178 pesos, prácticamente el doble. El empleo se ha recuperado totalmente a niveles previos a la pandemia, con un salario promedio de 13 mil pesos mensuales por trabajador inscrito en el IMSS.

Hay un aspecto que mucho se ha discutido de la política obradorista, y que consiste en el gran impulso que se ha dado a la participación de las fuerzas armadas en la aplicación de los programas. Hoy no solo atienden los asuntos de seguridad pública y combate a la delincuencia, sino que auxilian a la población en casos de desastre, trasladan y aplican vacunas, reparten libros, construyen aeropuertos, vigilan las fronteras y están disponibles para cualquier emergencia.

Las fuerzas armadas constituyen actualmente, sin duda, la espina vertebral del accionar público del gobierno. A este proceso la oposición le ha llamado “militarización” del país, en un juego de palabras que pretende engañar y generar confusión entre la población. Los militares han asumido muchas funciones vitales que de otro modo no podrían haberse realizado.

En el fondo, el gobierno obradorista tomó en sus manos en 2018 una administración pública federal muy lenta, ineficiente, onerosa e incapaz de cumplir su cometido. Era el famoso “elefante reumático” lento y costoso que no garantizaba el cumplimiento de ninguna función pública. Apenas se movía, por eso no funcionaba, y cuando lo hacía sus funcionarios se quedaban con la mitad de los recursos por desvío del dinero. Dígalo si no la muy famosa Estafa Maestra de la exfuncionaria Rosario Robles.

En síntesis: las fuerzas armadas son el único organismo de la administración pública federal con la cohesión y la movilidad suficiente para cumplir las enormes tareas asignadas por el programa de la 4T. Nada raro tiene que se le hayan asignado tantas responsabilidades. En realidad, lo que hacen es sustituir a los funcionarios civiles en aquellas tareas que no pudieron realizar. Quienes califican a esto de “militarización” lo hacen de mala fé, porque tratan de crear la impresión de que el país está lleno de soldados y marinos en las calles que hoy ejercen el poder.

Solo que la “militarización” consiste esencialmente en algo distinto por completo. Los militares en el poder –pongamos como ejemplo al Chile de Augusto Pinochet y a la Argentina de Rafael Videla en los años 70 y 80 del siglo pasado— realizaban en las calles labores de hostigamiento y represión. En aquellos casos, lo hacían bajo el amparo de la doctrina de Seguridad Nacional, máscara ideológica de la más feroz represión contra los ciudadanos disidentes, incluyendo civiles desarmados y mujeres embarazadas. Nada de eso se ha presentado en México.

Así pues: el gobierno de AMLO ha tomado en sus manos un aparato administrativo neoliberal y corrupto, y ha tratado de hacerlo funcionar a base de cambios drásticos. No ha tratado de romper la vetusta máquina del estado, sino actualizarla y ponerla a trabajar en beneficio de la mayoría de la población, y lo ha logrado en buena medida.

El discurso de AMLO del 1 de diciembre retoma el tema de la conducción política del nuevo estado mexicano. Su enorme popularidad personal ha facilitado esa conducción. Y ha podido establecer reglas claras para los años que vienen. Por ejemplo: señaló con toda energía que su gobierno es de izquierda, y que no se admitirán zigzagueos en la conducción de los asuntos públicos.

Esto quiere decir que se ha fortalecido internamente la política más radical y congruente, de manera que se irá incrementando la posición que establece como prioridad la atención a los grupos más vulnerables de la población, lo cual trae consigo muchos beneficios: primero, porque consolida una base social ya de por sí muy sólida, y segundo porque previene contra todo intento de dar un sesgo de derecha al resto del sexenio.

Y todo esto se puede realizar porque AMLO conserva el apoyo de 7 de cada 10 mexicanos adultos, y esta aceptación sigue en aumento. Los ciudadanos se percatan claramente de que aún falta mucho, aún existen muchas fallas y problemas, que faltan empleos y la seguridad pública no deja de mostrar cifras alarmantes, pero conservan la esperanza de que estos asuntos se irán resolviendo de manera paulatina, sin pausa y sin tregua.

Finalmente, frente a una oposición escuálida, la 4T mostró el músculo el pasado 1 de diciembre, y la dirección política del movimiento demostró que conserva intacta su capacidad de convocatoria.

Al cumplir los primeros 3 años de gobierno, el presidente López Obrador convocó al pueblo a un acto masivo en el Zócalo de la Ciudad de México, con el objeto de hacer un análisis del tramo recorrido, así como de las perspectivas para los próximos 3 años, los más cruciales para el destino de la 4T.

Uno de los puntos centrales –además de los logros materiales—consiste en el avance de la conciencia popular en torno a los grandes problemas del país. De nada serviría, por ejemplo, conseguir grandes avances materiales sin reforzar la conciencia del pueblo en torno al proceso de transformación.

En otras palabras: es importante que se vayan construyendo obras públicas en beneficio de la población, pero lo decisivo es que los avances se conviertan en irreversibles, y esto solo se puede lograr si existen millones de hombres y mujeres dispuestos a movilizarse en defensa de tales logros.

Es muy difícil que pueda regresar al poder algún partido de la derecha neoliberal, pero en el remoto caso de que así sucediera, el pueblo consciente estaría dispuesto a dar nuevas batallas para impedir el retroceso. Por ningún motivo se debe permitir el regreso del régimen de corrupción, saqueo y represión.

En lo material, los logros han sido muy grandes: se ha atravesado con éxito por una pandemia, y se han superado sus efectos en la salud de la población y en el retraso económico que trajo consigo, y todo ello sin pedir prestado un solo dólar en el extranjero. Hay unos 50 millones de mexicanos que hoy reciben apoyos constantes y en aumento, tales como la pensión para adultos mayores, las becas a estudiantes, a madres solteras y a campesinos.

En el fondo, hoy los recursos del gobierno se han aplicado en solventar las necesidades de la población, revirtiendo la política neoliberal de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. No se han rescatado empresas privadas en dificultades, tal como era la costumbre, y en cambio los recursos se han utilizado para fomentar la inversión de interés público.

Por otro lado, con la política de austeridad se han logrado rescatar 1 billón 400 mil millones de pesos, principalmente por la reducción de salarios de altos funcionarios, de los gastos de operación de la alta burocracia, de viáticos y gastos suntuosos, y se ha obligado a las grandes empresas a pagar impuestos, generando ingresos que han hecho posible la construcción de grandes obras, como el Tren Maya y el Ferrocarril Transístmico, entre otras.

Mención especial merece el aumento del salario mínimo. Al inicio del presente sexenio, éste era de menos de 90 pesos; para el año 2022, será de 178 pesos, prácticamente el doble. El empleo se ha recuperado totalmente a niveles previos a la pandemia, con un salario promedio de 13 mil pesos mensuales por trabajador inscrito en el IMSS.

Hay un aspecto que mucho se ha discutido de la política obradorista, y que consiste en el gran impulso que se ha dado a la participación de las fuerzas armadas en la aplicación de los programas. Hoy no solo atienden los asuntos de seguridad pública y combate a la delincuencia, sino que auxilian a la población en casos de desastre, trasladan y aplican vacunas, reparten libros, construyen aeropuertos, vigilan las fronteras y están disponibles para cualquier emergencia.

Las fuerzas armadas constituyen actualmente, sin duda, la espina vertebral del accionar público del gobierno. A este proceso la oposición le ha llamado “militarización” del país, en un juego de palabras que pretende engañar y generar confusión entre la población. Los militares han asumido muchas funciones vitales que de otro modo no podrían haberse realizado.

En el fondo, el gobierno obradorista tomó en sus manos en 2018 una administración pública federal muy lenta, ineficiente, onerosa e incapaz de cumplir su cometido. Era el famoso “elefante reumático” lento y costoso que no garantizaba el cumplimiento de ninguna función pública. Apenas se movía, por eso no funcionaba, y cuando lo hacía sus funcionarios se quedaban con la mitad de los recursos por desvío del dinero. Dígalo si no la muy famosa Estafa Maestra de la exfuncionaria Rosario Robles.

En síntesis: las fuerzas armadas son el único organismo de la administración pública federal con la cohesión y la movilidad suficiente para cumplir las enormes tareas asignadas por el programa de la 4T. Nada raro tiene que se le hayan asignado tantas responsabilidades. En realidad, lo que hacen es sustituir a los funcionarios civiles en aquellas tareas que no pudieron realizar. Quienes califican a esto de “militarización” lo hacen de mala fé, porque tratan de crear la impresión de que el país está lleno de soldados y marinos en las calles que hoy ejercen el poder.

Solo que la “militarización” consiste esencialmente en algo distinto por completo. Los militares en el poder –pongamos como ejemplo al Chile de Augusto Pinochet y a la Argentina de Rafael Videla en los años 70 y 80 del siglo pasado— realizaban en las calles labores de hostigamiento y represión. En aquellos casos, lo hacían bajo el amparo de la doctrina de Seguridad Nacional, máscara ideológica de la más feroz represión contra los ciudadanos disidentes, incluyendo civiles desarmados y mujeres embarazadas. Nada de eso se ha presentado en México.

Así pues: el gobierno de AMLO ha tomado en sus manos un aparato administrativo neoliberal y corrupto, y ha tratado de hacerlo funcionar a base de cambios drásticos. No ha tratado de romper la vetusta máquina del estado, sino actualizarla y ponerla a trabajar en beneficio de la mayoría de la población, y lo ha logrado en buena medida.

El discurso de AMLO del 1 de diciembre retoma el tema de la conducción política del nuevo estado mexicano. Su enorme popularidad personal ha facilitado esa conducción. Y ha podido establecer reglas claras para los años que vienen. Por ejemplo: señaló con toda energía que su gobierno es de izquierda, y que no se admitirán zigzagueos en la conducción de los asuntos públicos.

Esto quiere decir que se ha fortalecido internamente la política más radical y congruente, de manera que se irá incrementando la posición que establece como prioridad la atención a los grupos más vulnerables de la población, lo cual trae consigo muchos beneficios: primero, porque consolida una base social ya de por sí muy sólida, y segundo porque previene contra todo intento de dar un sesgo de derecha al resto del sexenio.

Y todo esto se puede realizar porque AMLO conserva el apoyo de 7 de cada 10 mexicanos adultos, y esta aceptación sigue en aumento. Los ciudadanos se percatan claramente de que aún falta mucho, aún existen muchas fallas y problemas, que faltan empleos y la seguridad pública no deja de mostrar cifras alarmantes, pero conservan la esperanza de que estos asuntos se irán resolviendo de manera paulatina, sin pausa y sin tregua.

Finalmente, frente a una oposición escuálida, la 4T mostró el músculo el pasado 1 de diciembre, y la dirección política del movimiento demostró que conserva intacta su capacidad de convocatoria.

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